
La “f-“ se
convirtió en “h-“ aspirada.
Más tarde, a partir del siglo XVI, se perdió este sonido. No obstante se siguió
escribiendo la h; filium= hijo; facere= hacer; farinam= harina.
La “i-“ se
convierte en “j-“ delante
de “o, u, a”; iuvenem= joven; iocum= juego; iactantiam= jactancia.
Las letras “i, u” latinas
son sonantes y pueden actuar de vocal o consonante según sean o no centro de
sílaba: Iulius = julio; uirtutem = virtud. Estas letras pasaron al castellano
como “v” y “j”, que no
existían en latín, manteniendo también el sonido vocálico.
En lo que se refiere a las consonantes agrupadas destacaremos estos
ejemplos; “pl-,
cl-, fl-“> “ll-“; pluviam= lluvia, clamare= llamar, flammam= llama; la “s” líquida=
s + consonante, da paso a una “e” protética:
sperare= esperar.
En el caso de las interiores simples, las oclusivas sordas
tienden a convertirse en sonoras: “p, t, c (k)” >
“b, d, g”; lupum = lobo; vitam = vida; lacum= lago.
Cuando las interiores simples van seguidas de la
vocal “-i-“,
se observan los siguientes cambios; fugio= huyo, mulierem= mujer, filium= hijo,
nationem= nación, rationem= razón, fortiam= fuerza, Hispaniam= España.
Las consonantes interiores agrupadas, por lo general, han tendido a
simplificarse; summun= sumo; buccam= boca; admitto= admito. Nuestra exclusiva “ñ” proviene
de muchas de estas fusiones; annum= año, dom(i)num= dueño, lignum= leño.
La “x” derivó
en muchos casos a la “j” como en
texere= tejer, exercitum= ejército. Y la unión de “-ct-“ pasó
a “-ch-“:
octo= ocho.
Estos son algunos ejemplos de cambios en las
consonantes. Para no alargarme mucho, dejaré para otra entrada las vocales, que
con tanta evolución esto parece un capítulo de Pokemon.
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